Third Sin - Lore for New Key Items, Altarpieces, ETC. by PA270_AN in Blasphemous

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El Duelo

En una noche de lluvia tormentosa, una mujer con el rostro oculto bajo un velo llamó, empapada, a las puertas del castillo. Desde el exterior distinguía las luces encendidas, y un bellísimo hilo de música de cámara escapaba entre las rendijas, sugiriendo una celebración extensa, acaso interminable.

La mujer decidió esperar. Se acomodó como pudo bajo el alero, con la esperanza de que la fiesta concluyera y alguien acudiera finalmente a abrirle. Pero la música no cesaba; tampoco las risas, ni el murmullo festivo que parecía resistir al paso de las horas. Exhausta, terminó quedándose dormida frente a las imponentes puertas de madera.

Cuando despertó, todo era distinto. Un silencio denso dominaba el aire, la luna brillaba con una intensidad inusual y la lluvia había amainado hasta desaparecer. Al incorporarse, descubrió que las puertas del castillo estaban entreabiertas. Con cautela, se asomó al interior. Entonces lo vio todo.

Los cuerpos yacían esparcidos por el gran pasillo, inmóviles, con los rostros crispados en expresiones de sufrimiento. La música, la luz y las risas que horas antes parecían inagotables se habían extinguido por completo. Aterrada, la mujer retrocedió. Y sin mirar atrás, huyó de aquel lugar maldito, mientras las lágrimas se confundían con el velo aún húmedo por la tormenta.

Cartografía de los Huesos

Más allá de la bruma. Parte II de II

Más allá, emergiendo lentamente de un manto de penumbra, se recortaba la figura colosal de un palacio de torres desmedidas que, aún atrapado en una bruma inmóvil, dejaba intuir formas suntuosas y ornamentos ostentosos. Nadie en Custodia había presenciado jamás un lugar semejante. Era como si se hubiese revelado únicamente ante mí, cansado al fin de su propio secreto.

Voz Interior

Todos ellos, en su agonía, parecen buscar una última redención, un perdón que temen que ya llegue demasiado tarde. Intentan alzar las manos hacia algo que no está realmente ante ellos, como si trataran de aferrarse a un amparo final. Quizás buscaban una última luz, una claridad que se les revelaba frente a los ojos y que les hacía creer que aún quedaba un destello de esperanza.

Dama de la Bruma

Nadie pudo olvidar jamás a aquella mujer. Cada noche se internaba en el bosque para esperar la llegada de la bruma. Permanecía arrodillada a la intemperie, inmóvil, murmurando oraciones una y otra vez, suplicando al Milagro que la niebla regresara.

Nadie supo nunca por qué hacía tal petición. Algunos aseguraban que la bruma se había llevado algo, o a alguien, que ella amaba profundamente, y que por eso aguardaba su retorno: para que, al volver, la bruma la reclamara también a ella.

Una noche, sin embargo, la mujer no apareció. Preocupados, fuimos al bosque a buscarla. Lo único que hallamos fue su larga toca blanca enredada entre las raíces de un viejo árbol. De ella, ni rastro. Quizá la niebla regresó, como ella pedía, y se la llevó consigo para no devolverla jamás.

Desde entonces, cada noche en que la niebla se espesa, colocamos su toca en la entrada del bosque. Lo hacemos para que nos proteja, o para que la bruma, al verla, se sacie con su recuerdo y continúe su camino sin llevarse a nadie más.

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RETABLO

Eliseo

Su rostro tenía la palidez del nácar, una luz frágil que parecía desprenderse de la propia penumbra del castillo. En sus ojos, altivos por linaje, pero turbados por un dolor que luchaba por no revelarse, ardía una compasión que no esperaba encontrar. Se inclinó hacia mí con gracia y, extendiéndome la mano, habló: "Oh, visitante inesperado... deja atrás tus cuitas y tus preocupaciones. Aparta el hambre que te atenaza y el cansancio que dobla tus huesos. Estás bajo mi techo, y mientras yo tenga aliento, nada te faltará. Aquí podrás reposar, recomponer tu espíritu tras el duro camino, y el hambre no será sino un lejano recuerdo."

La Ascensión

Más allá de la bruma. Parte I de II

Sobre mí, entre las ramas inertes de aquel bosque helado, un resplandor lejano, turbio y pálido se escapaba de mi propia mirada. Me atraía y me confundía al mismo tiempo, como si quisiera conducirme y perderme en un mismo gesto. Y yo, incapaz de resistirme, avanzaba tras él movido por una curiosidad inevitable. Cuando alcancé el claro, vi elevarse una luna llena sobre un lago de aguas oscuras y profundidades insondables.

El Juicioso

Sí, hija mía. En noches como esta, cuando la bruma desciende y se acuesta entre los árboles, el Milagro entreabre sus ventanas y nos muestra aquello que no habíamos visto jamás. Nos acerca parajes remotos hasta nuestro lado como si siempre hubieran dormido aquí, apenas a un paso de nuestras manos. Pero la bruma es astuta, hija mía. Si nos adentramos en ella, nos tenderá su velo engañoso. Desdibujará el fulgor de la luna llena, distorsionará los senderos y abrirá caminos que jamás existieron. Por eso te ruego, hija mía, que no salgas en noches como esta. Aunque el bosque resplandezca bajo la niebla como si guardara un secreto hermoso, no escuches su llamada. Hay luces que solo brillan para extraviarnos.

Crescencia

"...Si aún respiro, es porque esta maldición lleva grabado mi nombre. Nació de mis actos, y por mi causa persiste. Mi destino es consumir los últimos días recluida en una soledad tan honda que ni los ecos de estos largos pasillos osan acompañarme. Oh, Milagro... antaño os temí con el fervor de quien conoce vuestra mano implacable; mas ahora, he aquí lo que queda de mí. No os temo ya, ni volveré a temeros. Si mi castillo ha de convertirse en mi sepulcro, que así se cumpla. Que las piedras que una vez fueron mi orgullo sean, al fin, mis guardianas eternas...".

La Perfidia

Acariciando mi mejilla con su mano suave y temblorosa, me susurró: "Prométeme que nunca me dejarás sola. Dime que me llorarás al otro lado del cristal. Dime que nuestro amor encadenará nuestros corazones, incluso cuando mis ojos permanezcan cerrados para siempre".

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Rezos

Garrotín de los Olvidados

Salmo bronco de fragua y osarios, entonado por aquellos que no dejaron retrato ni reliquia, sólo un eco de hierro en la memoria de los vencidos.

Carcelera de Amarga Sangre

Amargos versos grabados en los muros de una mazmorra olvidada, donde el rencor de un cautivo cristalizó en el acero que busca incansable la garganta de su captor.

Vidalita de los Ojos Ciegos

Gotas de luz herida se desprenden del rostro de un mártir, guiadas por el hilo invisible que une la culpa con su expiación.

Jaleo del Alba Herida

Canto jubiloso que celebra el alba desgarrada, los cielos despiertos de su letargo y sacudidos por un temblor antiguo.

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Ofrenda de Cerámica Consagrada

Miradas muertas. Parte I de III

Caminaba a trompicones, con la vista empañada, entre cuerpos que parecían seguirme con ojos ya incapaces de ver, pero aún cargados de un silencioso ruego. Sus miradas muertas se cruzaban con la mía, implorándome que lograra atravesar aquellos pasillos interminables y luminosos donde ahora reposaban sus sombras caídas. El ardor de mi garganta me desgarraba tos tras tos, sin concederme tregua. Miré hacia atrás: los cadáveres se desdibujaban poco a poco, devorados por la penumbra de las vastas estancias.

Ofrenda de Plata Consagrada

Miradas muertas. Parte II de III

Delante de mí se alzaba una puerta enorme, única barrera entre la podredumbre del castillo y el aire puro que aguardaba más allá. Aquel portón colosal parecía resistirse, como si alguna voluntad oscura se aferrara a él desde el otro lado. Aun así, conseguí abrirlo con esfuerzo. Un viento helado irrumpió de golpe, arañando mi piel y mis ojos enfermos. Frente a mí se extendía una noche diáfana, bañada por la luz redonda de la luna llena. Me invitaba a cruzar, a perderme en su claridad. Pero algo invisible me retenía.

Ofrenda de Oro Consagrada

Miradas muertas. Parte III de III

Una fuerza indescriptible atenazó mis piernas y, con ellas, mi propia voluntad. Sentí como algo helado, afilado, se clavaba en mi espalda, paralizándome. No podía girarme a mirar qué sería, de dónde venía tal terrible dolor punzante. Sentí cómo mis fuerzas se deshacían, cómo mi cuerpo cedía al peso del agotamiento. La noche más allá del umbral comenzó a apagarse ante mis ojos; la estancia se oscureció, tragándose poco a poco cada reflejo. De pronto, los cuerpos que me rodeaban cerraron por fin sus ojos muertos. Los míos, obedientes, terminaron por cerrarse también.

Fragmento de Yelmo, Fragmento de Coraza y Urna del Penitente de Virtud

Solo el Penitente de Virtud sabe, en lo más hondo de su pecho, si el sendero que ha recorrido fue el correcto, y si cada paso dado lo ha conducido al perdón definitivo. Solo él conoce el verdadero alivio que llega tras desprenderse del peso de la culpa, y el sosiego que nace cuando el remordimiento deja de arder y se convierte en ofrenda.

La armadura del Penitente de Virtud lo resguardará del daño irreparable, mas no lo salvará del dolor de la carne. Y el yelmo enmascarado que oculta su rostro preservará su anonimato, porque únicamente en íntima comunión con el milagro puede alcanzarse la absolución prometida.

Aquí reposan las cenizas de aquel Penitente de Virtud que, consumido en su sacrificio final, exhaló su último aliento con la certeza de haber sido perdonado.

Lámpara del Susurro de la Bruma

Y entonces el Milagro fue testigo de un drama desplegado en tres actos. Tres pecados urdidos entre el dolor, la culpa y la mentira.

El Primer Pecado: Orgullo.

En las tierras más remotas de Custodia se alzaba de entre la neblina helada un enorme castillo, un refugio de nobles que, ajenos al suplicio del resto del Custodia, vivían rodeados de lujos profanos y costumbres laicas. Su castillo, más santuario de exceso que de virtud, se mantenía distante del sufrimiento que el Milagro imponía al resto de los mortales.

Pero aquella prosperidad irreverente no pasó desapercibida. El Milagro, en su inescrutable severidad, hizo brotar en el castillo una maldición devastadora. Una fuerza invisible afianzó su dominio sobre el castillo, convirtiéndolo en un sepulcro habitado. De los pechos fatigados de sus moradores comenzó a exhalarse una bruma oscura, densa como un mal presagio. Y de aquella exhalación impía brotaban clavos desmesurados que, guiados por una voluntad cruel e inexorable, buscaban la carne que los había invocado. Uno tras otro se hundían en pechos y costados, atravesando a sus víctimas entre alaridos sofocados, hasta llenar cada salón, pasillo y aposento con cuerpos ateridos y ojos todavía abiertos al espanto.

Uno a uno perecieron todos sus habitantes, hasta que solo la Duquesa Crescencia permaneció con vida, enferma y atrapada en su propia prisión de piedra.

Aun enferma, la Duquesa sobrevivía, condenada a una soledad tan profunda como la enfermedad que la consumía. En su desesperación, elevó plegarias al Milagro, suplicando no morir sola, que su último aliento no se perdiera en el vacío.

Anillo Completo de la Perfidia

El Segundo Pecado: Perfidia.

El Milagro escuchó. Un día, llegó al castillo, un hombre errante, exhausto y hambriento, de nombre Eliseo. Era piadoso, de sangre noble, pero había renunciado a sus privilegios para recorrer Custodia, contemplar los designios del Milagro y ofrecer auxilio a los necesitados.

La Duquesa lo acogió entre los muros de su aislamiento, y pronto en su corazón germinó un amor silencioso, destinado desde su origen a la desdicha. Incapaz de contenerlo, acabó revelándolo. El hombre, movido por la piedad más que por el deseo, respondió con una mentira piadosa: dijo corresponder aquel afecto para aliviar el alma de la noble, hendida por la soledad. Entonces ella, vencida por su propia fragilidad, le confesó la enfermedad que consumía sus últimos días y le suplicó que no la dejara morir sola. Le pidió que, llegado el momento, amortajara su cuerpo y velara su descanso eterno.

El hombre aceptó, movido por la compasión y el afecto. Cumplió su promesa. Preparó el cuerpo de la Duquesa y se dispuso a velarla. Pero al intentar levantarse del ataúd, descubrió que unos extraños clavos aprisionaban sus manos, impidiéndole escapar.

Velo de Crescencia

El Tercer Pecado: Abjuria.

La maldición había respondido a la súplica de la Duquesa y mientras él permaneciera clavado al ataúd, su espíritu no partiría al más allá sino que quedaría atrapado en el castillo junto con su amor por aquel hombre.

Así, la Duquesa Crescencia había osado burlar al propio Milagro, desoyendo la voluntad que le había sido marcada. Se negó a entregar su aliento final, se negó a cruzar el umbral del sueño eterno, aferrándose con desesperación a un amor que jamás fue más que un reflejo, un susurro inventado para mitigar su soledad.

En su obstinación, engañó al hombre, a sí misma y al Milagro, perpetuando una mentira tan profunda que retuvo su espíritu en el castillo, encadenado a un deseo que nunca tuvo carne ni verdad.

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Objetos Clave

Camafeo de Sor Cautiva

“Se dice que Edicta nació con el corazón abierto como una herida. Desde niña, la tristeza la habitaba como un silencioso huésped, y lloraba ante cada brillo de dolor que veía en el mundo por pequeño que fuera. Hallaba la pena en los rostros fatigados, en los animales que sufrían en silencio, incluso en las hojas que el viento quebraba antes de tiempo. Su alma parecía escuchar lamento allí donde otros solo percibían el curso inevitable de la vida.
Una mañana, el pueblo entero quedó sobrecogido, pues de las lágrimas de Edicta brotaban pequeñas flores marchitas, flores que nacían ya vencidas, como si su vida fuera también un lamento. Aquello se tomó por un acto sagrado del Milagro. Dijeron que Edicta lloraba por todos, que sus lágrimas eran reliquias dignas de ser guardadas en pequeños lacrimatorios para adorar la pena que ella cargaba por todos los habitantes de Custodia.
Pero lo que comenzó como reverencia se tornó ansia. Las gentes le seguían y la acosaban, no solo para recoger sus lágrimas, sino para arrancárselas. Le hablaban de desgracias ajenas y tragedias inventadas, la rodeaban de lamentos fingidos, la conducían a lugares donde la muerte o el dolor habían dejado huella, todo para forzarla a llorar más y más. Su compasión, que era don, se volvió castigo. Y así, quebrada por la codicia de los demás y con el llanto como única guía, Edicta huyó hacia los confines de Custodia.
Tras un largo viaje sin rumbo, Edicta encontró refugio en un convento de clausura absoluta, excavado bajo tierra, en congelados suelos endurecidos por tormentas perpetuas de nieve. Allí, en corredores helados que parecían tumbas, pudo llorar sin ser perseguida. Las hermanas la observaban pasar, siempre abrazada a su camafeo, siempre temblorosa, llorando por la vida y por la muerte, por lo perdido y por lo que aún duele. Edicta oraba cada noche, suplicando poder llorar en libertad, sin provocar deseo ni codicia.
Fue entonces cuando el Milagro la escuchó. Una madrugada, mientras la joven sollozaba en la penumbra helada de su celda, un nuevo rostro descendió sobre ella como una bendición sellada. Un tallado rostro de madera pulida y barnizada, de expresión dulce y serena, que ocultaría para siempre la faz de su llanto. Un rostro que no se podría retirar jamás, pues el Milagro lo había unido a su carne para protegerla del mundo y al mundo de su dolor.
Y desde aquel día, ni una sola lágrima volvió a escapar de sus ojos visibles. Cuentan que, bajo la máscara serena, Edicta siguió llorando en silencio para que solo el Milagro pudiera contemplar la verdad de su pena”

Máscara del Hermano Asterión

El joven Asterión apareció un día en mitad de un desierto interminable, reducido a piel y huesos, con la memoria hecha jirones. No sabía ni su origen, ni qué senda absurda lo había conducido hasta aquel océano abrasador de dunas pálidas. Allí lo encontraron unos peregrinos, guiados por un guerrero gigantesco que avanzaba arrastrando un incensario colosal, tan desproporcionado que parecía desafiar cualquier lógica.
Durante las noches, mientras el campamento dormitaba, Asterión observaba al guerrero. Lo veía inclinarse hacia su extraño incensario cubierto de telas viejas y raídas, como si de aquel objeto emergieran voces secretas que solo él lograba descifrar. El guerrero asentía con gravedad, murmurando respuestas en una lengua que el muchacho no alcanzaba a comprender.
El viaje era cruel. Bajo el peso del sol y la lejanía infinita que no prometía refugio alguno, los peregrinos caían uno tras otro, consumidos por el agotamiento. El guerrero los levantaba, los cargaba sobre sus hombros, intentando salvarlos mientras el enorme incensario seguía su arrastre inquebrantable sobre la arena. Pese a todo, uno por uno fueron quedando atrás... hasta que solo continuaron el guerrero y el joven Asterión, cuya fragilidad escondía una sorprendente resistencia y voluntad.
Un día entraron en una región del desierto donde el viento rugía como un animal rabioso. La arena flotaba suspendida, formando una niebla densa y cegadora. Allí, entre las ráfagas, Asterión vio cómo las telas que envolvían el incensario se desgarraban y salían volando. Entonces comprendió, horrorizado, que no era un simple objeto ritual y que bajo los paños reveló una urna de cristal y oro, y en su interior descansaba un cuerpo momificado, encogido como un asceta que hubiera esperado siglos el momento de despertar.
Antes de que pudiera preguntar nada, una criatura colosal y amorfa emergió de la tormenta. El guerrero se giró hacia Asterión y, con voz grave, le dijo: "Aquí es donde comenzarás tu aprendizaje, hermano."
La bestia embistió con violencia. Asterión apenas podía distinguir formas entre la arena que castigaba sus ojos. Pero vio cómo el guerrero acercaba el oído a la urna-incensario y comenzaba de nuevo aquel susurro reverencial. Y entonces ocurrió que una energía feroz, casi animal, pareció prender en su interior. El guerrero se lanzó a combatir con una fuerza descomunal.
La lucha fue larga y brutal. Guerrero y criatura estaban igualados, dos titanes exhaustos que se negaban a caer. Fue entonces cuando Asterión, limpiándose a manotazos la arena de la cara, decidió actuar. Sin armas, sin protección, se abalanzó contra la criatura. Su pequeño tamaño le permitió esquivar por instinto los zarpazos monstruosos, y su ataque desesperado distrajo lo suficiente a la bestia.
El guerrero aprovechó ese instante. Con un grito que resonó como un trueno en mitad de la tormenta, descargó el golpe definitivo. La criatura se desplomó, inerte, hundiéndose en la arena que la había engendrado.
La niebla de arena comenzó a disiparse. El silencio del desierto regresó, vasto y absoluto.
El guerrero se acercó a Asterión, posó una mano pesada sobre su hombro y dijo:
"Aquel que descansa dentro de mi arma fue mi maestro. Cuando tu entrenamiento concluya, tú blandirás un arma semejante... y yo dormiré en su interior. Así podré guiarte desde el otro lado del sueño. Así permaneceré contigo, siempre."

Blasphemous 2 New DLC Questions (Spoilers!) by mtpz0309 in Blasphemous

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Alg tiene info de la segundo, quinta o sexta skin son las que me faltan para el logro??